• Fr. Austin

La Responsibilidad de los Talentos


Las personas que piensan que Jesús nunca habló sobre el dinero no han leído los evangelios con demasiada atención. Hoy, Él está en eso nuevamente, continuando Su enseñanza sobre el Reino y nuestra responsabilidad hacia él. Cuando habla de “talentos” en la parábola, no se refiere a las “habilidades dadas por Dios” que debemos desarrollar, como tocar el piano, patear tiros de campo o poner la pierna detrás de la cabeza. No, el talento - y todos los que escuchan a Jesús lo sabrían - era una suma de dinero; era un peso de oro, plata o cobre.


Ahora, si estuviera hablando de plata, por ejemplo, un talento sería el equivalente aproximado de 15 a 20 años de salario para un trabajador manual: una enorme suma de dinero. Cuando Jesús habla de un hombre que da uno, dos o cinco talentos a otros, esto es un gran pago, y la gente debe prestar atención a lo que sucede, incluidos ustedes y yo.


¿Qué sentido tiene esta parábola? Es bastante claro: haz un buen uso de esos talentos. Sin embargo, ¿qué se supone que representan estos "talentos"? ¿Y qué significa darles un buen uso?


Observemos lo que hacen los tres destinatarios. El primer hombre va y comercia con sus cinco talentos y duplica su inversión; el segundo hace lo mismo. Sin embargo, el tercero, "por miedo", tomó su único talento y lo enterró, lo escondió de sí mismo y de los demás. Cuando el hombre rico vuelve a cobrar, se alegra por la laboriosidad de los dos primeros y los recompensa generosamente. Entonces, incluso cuando él ofrece las razones de su miedo, el rico se pone furioso. El hombre rico, como muchos hombres ricos y poderosos, quiere resultados, no excusas.


Estos "talentos" representan nuestra relación con el Señor: la conciencia de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas y en la vida del mundo. ¡Eso no es poca cosa! Un mundo en tinieblas, división y pecado, un mundo alejado de Dios, ha vuelto a tener una relación armoniosa con el Padre a través de Jesucristo. Es importante notar que Jesús les está contando esta parábola a sus discípulos, y no a los escribas, fariseos o ancianos del pueblo. Está instruyendo a aquellos con quienes ya tiene una relación y de quienes espera fruto. La lección es dura.


San Pablo nos dice: “Ustedes, hermanos, ese día no los tomará por sorpresa, como un ladrón, porque ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz y del día, no de la noche y las tinieblas. Por lo tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente.” En otras palabras, hemos aprendido del gran amor de Dios por nosotros y la salvación que Jesús ha ganado, y debemos saber que este regalo nos ha transformado, dándonos un destino eterno. ¡Ustedes y yo vamos a vivir para siempre! ¿Cuánto mejor se pone que eso? Dios les ama tanto, que envió a su único Hijo para nuestra salvación. Esto es lo que deberíamos compartir con los demás; este es el “talento” que se nos ha confiado.


Por lo tanto, no podemos simplemente retener esa información y no dejar que otros sepan. No podemos vivir nuestras vidas como si nada fuera diferente en nosotros, como si fuéramos como todos los demás. No. ¡Somos redimidos! Somos elegidos. ¡Jesús murió por nosotros! Eso vale más que el salario de un año, más que el salario de cien años. ¿Y qué quiere Jesús que hagamos con ese gran regalo? Él quiere que lo divulguemos para que otros también lo sepan, así que producimos fruto para Él.


Se nos ha confiado mucho, amigos. Nuestra fe es un regalo invaluable porque a través de ella tenemos acceso a la vida eterna. Pero a quien se le ha confiado mucho, se le espera mucho. Tenemos la responsabilidad, no con nosotros mismos sino con Cristo, de producir fruto. Como sacerdote, tengo el deber de compartir el don que se me ha dado al enseñar la verdad y compartir los sacramentos. Como cristianos redimidos, ustedes tienen el deber de dar a conocer a Cristo al mundo en sus palabras y acciones. No podemos permitir que el miedo o cualquier presión mundana nos disuada de lograr la fecundidad que Jesús espera, porque al final no hay excusas. Como discípulos, sabemos que Jesús espera resultados; no producir es insultar al Maestro.


Por eso nos necesitamos unos a otros en la tarea de vivir fielmente la vida cristiana. Debemos apoyarnos unos a otros en oración y caridad para que podamos ver la luz de los demás ardiendo brillantemente, para que revelemos que el regalo que hemos recibido es ese premio infalible, cuyo valor es muy superior a las perlas. Como comunidad de fe, no podemos ceder ante devaluar los dones de otras personas o tratar de apagar sus luces. Todos estamos aquí, y aquí ahora, para lograr la obra de Dios. Cuando lo hacemos fielmente, somos fructíferos; y cuando somos fructíferos, somos bienvenidos a la alegria de nuestro Señor.

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