• Fr. Austin

Apuntando a la verdad; Reflejando la verdad


En el primero de los libros de Harry Potter, Harry Potter y la piedra filosofal, Harry descubre una sala de almacenamiento con un espejo especial. Se llamaba el "Espejo de Oesed" y su propiedad mágica consistía en mostrar al que lo miraba el deseo más profundo de su corazón: lo que más deseaba. El director de la escuela, el profesor Dumbledore, le explicó a Harry que "el hombre más feliz de la tierra podría utilizar el Espejo de Erised como un espejo normal, es decir, se miraría y se vería exactamente como es". La idea del espejo es que mostraría lo que más deseaba ver o lograr; una persona que estuviera completamente contenta solo se vería a sí misma. No mostró ni verdad ni conocimiento; solo deseo o ambición; y era peligroso quedarse ante él. "Hay hombres se han consumido ante esto", le dice Dumbledore a Harry, "sin saber si lo que han visto es real o incluso posible".


La ambición puede ser algo bueno, ya que nos motiva a lograrlo. Sin embargo, también puede atraparnos y llevarnos a todo tipo de problemas y miseria. Santiago lo sabía y hoy nos dice: “¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es, acaso, de las malas pasiones, que siempre están en guerra dentro de ustedes? Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces cambaten y hacen la guerra". La ambición puede consumir a quien se aferra a ella, así como causar sufrimiento a quienes rodean a la persona ambiciosa. Pero la ambición está relacionada con otra cosa: un pecado mortal: la envidia. Y Santiago también está al tanto de este problema. "Donde envidias y rivalidades, ahi hay desorden y toda clase de obras malas".


Tanto sufrimiento es causado por la ambición desordenada y los celos. Gran parte de nuestra infelicidad proviene de nuestra incapacidad para lograr metas poco realistas de belleza, éxito, fama, fortuna y todo tipo de otros puntos de referencia que establecemos para nosotros mismos y para los demás. El deseo de seguir el ritmo de los demás, de tener lo que tienen, de ser quienes son, nos lleva inevitablemente por un camino de depresión y autodestrucción, y también podemos causar daño a otros en ese camino. Esto es lo que molesta a los “malvados” de los que se habla en la Primera Lectura. Se oponen al “justo” y terminan oponiéndose a la verdad misma. Su deseo de control, dominación y autonomía (es decir, libertad de las reglas externas) los lleva a la maldad.


San Agustín tiene algo que decir al respecto. Él enseñó: “[La verdad es lo que] toda alma racional en verdad consulta, pero se revela a cada uno según su capacidad para captarla en razón de las buenas o malas disposiciones de su voluntad…. Si el alma se equivoca a veces, no es por defecto alguno de la verdad consultada, como tampoco es por defecto alguno de la luz exterior que a menudo se engañan nuestros ojos corporales”. Lo que deseamos a menudo determina lo que queremos, y si nuestra voluntad es mala, si nuestro objetivo es malo, entonces no veremos lo que es verdad y el desorden seguirá.


Afortunadamente, lo contrario también es cierto: apuntar a la verdad, desear el verdadero bien, te permite ver la verdad, lo que te permite actuar de acuerdo con la verdad y convertirte en alguien que lo hace de forma natural, es decir, te conviertes en un buena persona. Para nosotros, esa verdad es una Persona, es Jesús, y Él es el centro de nuestras vidas alrededor del cual deben girar nuestras acciones. Crecer cada vez más a Su semejanza es la tarea del discípulo, y requiere que nos hagamos a un lado (como dijo Jesús la semana pasada, debemos morir a nosotros mismos).


Él ilustra esta verdad hoy al enseñar acerca de Su propia muerte, Su amor abnegado. Sin embargo, los discípulos no pueden oír esto, no pueden ver la verdad de Sus palabras. Por qué, debido a sus deseos desordenados, sus ambiciones, reveladas en su discusión sobre quién era el más importante.


Hermanos y hermanas, no podemos vivir de acuerdo con nuestros propios intereses y esperar ser felices en última instancia. No podemos preocuparnos por los títulos, el poder y los privilegios. Solo poniendo nuestras mentes y corazones en el verdadero Bien, esa sabiduría que viene de Dios que es pura, ante de todo. Ademas, es amante de la paz, comprensivos, docil, llena de misericordia y buenos frutos, solo entonces podemos ver el bien que estamos destinados a perseguir. y la paz que Dios quiere para nosotros. La ambición, los celos, la competencia nos alejan de ese Bien; nublan nuestra visión, como mirarnos en un espejo sucio. Jesús nos mira, y nosotros lo miramos, y allí vemos el verdadero reflejo de nuestra vocación. Jesús nos muestra quiénes y qué debemos ser: humildes, como niños, entregados, y enfocados en el único Bien que puede traernos la verdadera felicidad.


Si miráramos en el Espejo de Oesed, ¿qué veríamos? Bueno, no necesitamos un espejo mágico; tenemos a Jesús que nos revela la verdad porque Él es la Verdad. Cuando nos abrimos a esa Verdad, comenzamos de nuevo en el camino hacia la verdadera felicidad.



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